Freddy Ehlers

Hay momentos que se graban en la memoria para siempre.  Estaba en media calle, en la autopista hacia la mitad del mundo, con su larga camisa, barba y pelo blancos como en el Monte Abu, la montaña sagrada del Rajastan, en la lejana India. Había llegado respondiendo una llamada que venía desde más allá del tiempo a la celebración equinoccial. 

Era el último que faltaba para completar un grupo singular, ahí estaban: Jiku, el maestro Zen, con el mensaje del silencio para poder llegar a  entender. De la montaña de Sorte en Yaracuy – Venezuela, llegó  la gran sacerdotisa del culto de María Lionza, Beatriz, la madre de las abejas y los ruiseñores. Con sus ojos claros Jennifer Weissenberg Gandhi, traía el mensaje de su abuelo, para entender que solo cuando no se tiene nada se puede conseguir todo. El tiempo no existe, dijo Luis, junto a su inseparable Ana, era el cirujano de la conciencia mexicana.  Del Perú, con su carga de enseñanzas budistas, el gran maestro JJ Bustamante. Eugenio, el Obispo de Esmeraldas dejó a sus negros un instante, para lanzar un puñado de tierra a los cuatro vientos y bautizarnos con las entrañas de la Pacha Mama. A sus 92 años Vera de Kohn, con el impulso de Yung y Dukheim decidió subir hasta la cumbre de Catequilla. De las nubes de Murcia, frente al Mar Mediterráneo, llegó Juan con los cánticos y poemas de Rumi y San Juan de la Cruz. De Honduras Patricio, Adriana de Bogotá, Johannes de Las Canarias, Nelsa de Uruguay. Anila, Adela, Pablo, Karla, Valentina, Catalina, Juan Alfonso, Diego, Sandra, Daniel, Renaud, Claudia, Lucía, Andrés, también llegaron. Y el último fue Alfredo, todo estaba listo.

 

Comenzó la ceremonia, justo al medio día, del 21 de marzo cuando el sol traspasa perpendicular al planeta, sólo en esta línea imaginaria que lo divide en dos. El ying y el yang cósmico. Y se juntaron los mantras tibetanos con la oración católica, los Sutras del budismo zen y el hari krishna de Bangalore, el hálito shamánico de la amazonía; las flautas y tambores que venían recorriendo los Andes americanos.  El sol nos quemó a todos, y luego en silencio regresamos para el baño en las hirvientes aguas que salían del fondo de la Cordillera Oriental en Papallacta.  Así conocí a Alfredo Sfeir Younis, una de las mentes más lucidas de esta Nuestra América, superada solamente por la inmensidad y transparencia de su bondadoso corazón.  Alfredo comenzó a viajar por el tiempo, a Guayaquil y a Manta, a donde llegaron desde Líbano sus abuelos y por eso quería y sentía tanto a esta tierra donde nacerá, como él nos dijo, un hombre y una mujer nuevos.  Por que lo que se haga y lo que se deje de hacer en este pequeño  país equinoccial, llamado Ecuador, será gravitante en el futuro, según Alfredo, no solo para la América sino para la vida de todos los seres.

 

Su filosofía es tratar de entender el mundo 2500 años después Buddha, con la misma simple metodología de sentarse, respirar y hacer silencio; de sentir en el presente la eternidad y aplicar a cada una de las acciones de nuestra vida, el pleno compromiso de la integridad y la verdad.

 

Este ciudadano universal que es Alfredo Sfeir Younis, va a iniciar un nuevo día y junto a él estaremos muchos para tratar simplemente Ser. 

 

Freddy Ehlers

Parlamento Andino

Quito, 23 de febrero del 2005

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