¿Otro Acuerdo Nacional? “Jugándonos Los Últimos Cartuchos”

¿Otro Acuerdo Nacional? “Jugándonos Los Últimos Cartuchos”

Junio 6, 2020 Blog 0

La Contingencia

Hoy se propone “un acuerdo nacional” para abordar las contingencias de la pandemia generada por el COVID-19, y sus consecuencias económicas, humanas y sociales dentro del inmediato plazo.  Esto incluye, por ejemplo, las necesidades de consumo de los bienes básicos, como la alimentación, y el gran desempleo que se ha generado.   Esto se ha manifestado con un gran estrés e incertidumbre tanto a nivel individual como social. 

Pero, todo lo que experimentamos no es sólo un estrés económico.  Esto va mucho más allá; ej., el aislamiento ha provocado más violencia intra familiar, depresión, soledad, ansiedad, miedos…  Es claro que en este sistema neoliberal, el estrés en lo económico ha hecho surgir con más vehemencia que nunca nuestros estreses sociales que, dicho sea de paso, ya estaban presentes antes de la pandemia, y que nosotros simplemente los habíamos ignorado: desigualdades, hacinamiento, servicios de salud deficientes, poblaciones sin servicios básicos, desigualdades regionales, fragilidad de nuestro tejido social, marginalización social, injusticia ambiental, violación de los derechos humanos, y muchas otras.  Esta es una crisis multi-dimensional, que va más allá de la salud física o de la economía.  No es un tema de números, es un tema de personas.

Hoy, las necesidades inmediatas son tan grandes y urgentes, que tenemos que actuar ahora.  Todo mi apoyo.

Sin embargo, la urgencia no debe pasar por encima de un debate en que debemos participar todos ya que no es tan evidente que haya un sólo camino a seguir para abordar la crisis, como muchos lo han insinuado.  Por lo tanto, creo legítimo preguntarse ¿cómo debemos actuar ahora? ¿cuáles son las prioridades inmediatas reales y sus causas?  ¿es relevante abordar las necesidades no materiales de las personas y comunidades? ¿es la solución económica la que debe ser la punta de lanza? 

Tengo dos cosas claras.  Una, es que tenemos que abordar la crisis con todos los recursos materiales y no materiales que están a nuestra disposición.  Otra, es que lo que hagamos hoy tendrá inmensos impactos en el futuro inmediato y de mediano plazo; ej., nuestras acciones no son “neutras” respecto a quien se beneficia, cómo se beneficia, y cuáles son los instrumentos que se deben utilizar para mitigar la crisis.  Me preocupa que esta discusión no salga a la luz.  Como la gran mayoría habla solamente del tema de “financiamiento”, esto presupone que todos sabemos y estamos de acuerdo sobre lo que hay que hacer.  ¿Es esto tan así?  Sabemos que hay formas alternativas de financiamiento y distintos criterios de financiamiento que muchos renombrados economistas están debatiendo públicamente.  Pero, también es esencial debatir las distintas opciones de que financiar para alcanzar el máximo impacto no solo en el espacio, sino en el tiempo (el impacto humano social de ese gasto).  Lo que se escoja finalmente, tendrá impactos diferenciados.  Por ejemplo, si se escoge como una forma de financiamiento al ingreso familiar los fondos del ‘seguro de desempleo’, que es alimentado por los trabajadores, esto tiene consecuencias importantes con respecto a la equidad y justica envuelta en dicha decisión, además de sus dimensiones éticas. 

Hoy, la piedra fundacional en el debate cotidiano parece ser primordialmente nuestra capacidad fiscal.  Se habla de gastos en los próximos tres meses; muy corto plazo. Un debate muy caliente sobre cuál debería ser el piso máximo/posible de alcanzar de deuda fiscal.  Recursos escasos, que tienen un costo de oportunidad en su uso específico hoy, y en el tiempo (lo que se gastará hoy, no estará necesariamente disponible en el futuro).  Como alguien lo ha puesto en forma gráfica: “necesitamos un acuerdo nacional para decidir cómo vamos a apagar este incendio”.  Entiendo la metáfora.  Pero no es menos legítimo preguntarse de qué incendio estamos hablando.  Las causas de los muchos incendios que está confrontando la ciudadanía son de naturaleza interdependiente en impactos y sus causas.  Por ejemplo, ¿cuánto se debería asignar a la compra de equipos médicos, o al tremendo desmembramiento social provocado por el COVID-19?

Quiero ser categórico: hay que apagar el fuego ya, o los fuegos, con el máximo “de agua” disponible y razonable de utilizar, con un serio rigor fiscal.  Tenemos que crear las condiciones para que todas las familias de Chile vivan en armonía y felicidad.  Esto no es una opción más, esto no es una utopía, esto es un derecho.  Sin embargo, pareciera que la única preocupación de la política contingente, y los medios de comunicación, es lo que se puede conseguir en los próximos tres meses.  Pero lo urgente debe ser socialmente legítimo.  Más aun, nos debemos preocupar de lo que pasará en el futuro también casi inmediato, una vez que ya se haya gastado todo el endeudamiento fiscal.  En mi experiencia profesional, el uso del gasto fiscal, en sí mismo, no asegura que apaguemos muchos fuegos, incluyendo el fuego humano y social, o que estemos apagando el fuego correcto.  Un programa para paliar la situación del inmediato plazo también debe ser evaluado detalladamente, en todas sus dimensiones.  El tema no es solamente determinar el nivel del gasto sino su productividad económica y social.

Algunos Objetivos

Es por eso que me permito hacer aquí una serie de preguntas, que a lo mejor no son de interés mediático, pero que me parecen vitales para la ciudadanía, o que al menos hay que dejarlas como un testimonio de posibles caminos a seguir.  Lo que se presenta aquí no es solamente lo que se debería hacer en los próximos tres meses sino en los meses a seguir dentro de un muy corto plazo. 

Además, quiero referirme a la naturaleza política e institucional de este llamado a un acuerdo nacional; que hoy representa el “Caballo de Troya” de la política contingente. Se vislumbra más bien un camino de naturaleza cortoplacista, en su contenido, en la selección de acciones de mayor impacto, y en lo que esperamos dentro de esta contingencia inmediata.  No creo que después de este acuerdo, a regir por tres meses, se tenga que llamar a otro acuerdo nacional para los tres meses siguientes.  Habría que ver cual sería la respuesta ciudadana.

También, esta nota tiene como objetivo, una vez más, abogar por un criterio de decisiones donde el ser humano esté primero, segundo, tercero…  Ciertamente, es nuestra responsabilidad ética y moral ofrecer soluciones humanas y naturales que abran un camino de mínimos impactos negativos hoy y en el futuro.

Un Acuerdo Nacional

El llamado a un acuerdo nacional se gesta en el medio de una crisis social profunda y de una pandemia de salud generalizada; momento único en nuestra historia.  Hoy, nos estamos jugando los últimos “cartuchos” de la legitimidad política, confianza ciudadana, dignidad social, credibilidad institucional, identidad humana, y justicia colectiva.  Un fracaso, por diseño o por contenido, tendrá un costo humano y social inimaginable.  Por lo tanto, este ejercicio de un acuerdo–ej., lineamientos, participación, procesos, instrumentos, e instancias de consenso–debe ser impecable, abrazando en particular a la ciudadanía y los movimientos sociales.  Es legítimo preguntarse ¿Dónde se diseñará? ¿Donde se debatirá? ¿Dónde se anclará? ¿Dónde se legitimará? ¿Dónde se implementará? ¿De dónde tienen que surgir las ideas madre?

Independiente de la urgencia inmediata, el objetivo fundamental de un acuerdo nacional debería ser, finalmente, definir de forma consensuada un Estado al servicio de las personas y de sus derechos, y una búsqueda de “lo bueno” para todas y todos.  El acuerdo nacional no es una instancia sólo de lo político o de los políticos.  Eso sería un gravísimo y costoso error histórico.

Nuestra Discusión

Lo que se discute hoy (no se mañana), como posibles ingredientes de un acuerdo nacional, y como mecanismos que estarían siendo utilizados (consultas, grupos de trabajo), son completamente insuficientes. Ya estamos viendo sus fisuras. Enfocarse en lo económico (endeudamiento, mecanismos) y en la administración de una pandemia, como los únicos temas de contingencia nacional, deja afuera y descarta, por ejemplo, la de un acuerdo nacional con una visión humana, comunitaria, y espiritual de todo lo que necesita ser acordado.  La economía debe ir acompañada de otras propuestas complementarias (ver más abajo) y no solamente abocarse a definir los niveles de transferencias monetarias emanadas como consecuencias de un nivel definido de gasto fiscal disponible.  No niego la importancia ni de lo económico ni de abordar la pandemia de la forma más eficaz y humana posible.  ¡Nadie podría estar en contra de eso!  Pero no adoptemos una visión de túnel.

También, estoy consciente que la propuesta que se presenta aquí, se comparte en un momento en que vemos más bien grandes titulares que contenidos alternativos de un acuerdo.  En este momento, el debate sobre el financiamiento económico parece ser el más avanzado.  Al menos considero que las preguntas están claras; ej., cuanto más puede endeudarse el fisco para asegurar ‘transferencias de bienestar’ a las personas más necesitadas.  Un tema no menor.   Sin embargo, este es quizás el mejor momento para cambiar el epicentro del debate, en dirección a aspectos que al final van a determinar, en gran medida, la posición de los actores sociales a los procesos y contenidos de un eventual acuerdo. 

Habrá que evitar a cualquier costo que este acuerdo se transforme en el desacuerdo nacional más impactante de nuestra historia.  

Es por eso que este documento no va dirigido a criticar un acuerdo, hoy inexistente.  Seria paradojal. Es el momento de debatir sobre la institucionalidad y estructuras que serán definidas para alcanzar dicho acuerdo; sobre los pilares que deben sustentar este acuerdo; sobre la formula económica que maximizaría el impacto en el tiempo; y sobre los programas de inversión que deberían ser considerados, particularmente en materias de crecimiento, empleo y sustentabilidad.  Después será demasiado tarde.  En este contexto, es mi convicción que lo ecológico y ambiental son fundamentales para abordar la pandemia y para alimentar el mayor impacto positivo en nuestro bienestar colectivo. Este el momento para una profunda reflexión acerca del camino crítico a seguir.

En esencia, es indispensable que el acuerdo evite el desmoronamiento tanto humano como económico, social y comunitario de los más vulnerables en nuestro país.  La vida humana, acompañada de un bienestar material y espiritual, debe ser nuestra máxima prioridad.  La economía y la política deben ponerse al servicio, y no servirse de la pandemia.

Cimientos Indispensables de Un Acuerdo Nacional

¿Cuáles deberían ser los cimientos en la construcción de un acuerdo nacional? Para que así sea posible evaluar las ideas propuestas, los instrumentos y las decisiones que nacen de esos cimientos.  Aquí alguno de ellos:

  1. Construir prioridades claras y congruentes con una visión explícita y consensuada dentro de una institucionalidad integradora.
  2. Establecer una base de gestión consensual para adoptar un rumbo bien definido y crear un espacio natural de transformación humano social
  3. Desarrollar un foro nacional de gestión (en un sentido amplio), donde el Estado se muestra al servicio de las personas y de sus derechos.
  4. Instrumentalizar el diálogo como una herramienta democrática ciudadana y así crear un contrapeso al fraccionamiento nacional que vemos hoy.
  5. Definir un proceso de búsqueda comunitaria (unir, consolidar) para lograr equidad, trato digno y solidario, y justicia social y ambiental para todos.
  6. Acordar formas de relacionamiento (hoy fracasadas), y construir legítimamente una confianza colectiva hoy ausente en nuestra sociedad
  7. Diseñar nuevas formas de gobernabilidad, articulando los intereses-demandas ciudadanas como espejo de las transformaciones que demanda el país.

Vemos hoy como un punto de partida fallido en relación a esos cimientos es la formación de grupos de trabajo convenientes que incluyen solamente representantes de los partidos políticos. Pareciera que no se ha aprendido la lección que trajo el estallido social.

Lo Que No Es Realmente Un Acuerdo Nacional

Quisiera compartir lo que no es un acuerdo nacional y así evitar el fracaso desde su inicio.  Estas reflexiones están basadas en experiencias profesionales en países en vías de desarrollo y experiencias vividas en Chile.

Primero, un acuerdo nacional no puede gestarse dentro de un vacío valórico o ético.  Eso sería un desastre total.  Hay que incluir valores tales como: confianza, legitimidad, verdad, justicia, solidaridad, dignidad, protección, cooperación, cuidado, identidad, armonía, etc.  Estos valores constituyen el preámbulo al contenido real del acuerdo.  Además, los desafíos éticos deben ser abordados de una manera consensual y no ser dejados a actores que no representan el sentimiento de la ciudadanía, o copiar criterios éticos aplicados en otros países del mundo.

Segundo, un acuerdo nacional no puede estar desconectado de la ciudadanía ni en su concepción, ni en su elaboración e implementación.  Ya no estamos para aplicar formas de gobernancia piramidales (de arriba hacia abajo) y jerárquica, o tele-dirigida desde afuera de la ciudadanía. El acuerdo debe tener un gran preámbulo que responda a preguntas tales como ¿Qué quiere la ciudadanía? ¿Cómo se leería un acuerdo que fuese escrito por la ciudadanía, los adultos mayores, los más vulnerables, los niños, los trabajadores…?  No me sorprendería que allí esté incluido, por ejemplo, toda la temática del mejoramiento de la infraestructura física, humana e institucional hospitalaria de salud, la autosuficiencia alimentaria urbana y rural, la promoción concertada de las economías locales y comunitarias, la necesidad de hacer de todas las tierras y espacios productivos existentes (incluyendo los jardines de las viviendas), y así sucesivamente. Quizás, lo que quiere la ciudadanía estará muy lejos del asistencialismo.

Tercero, un acuerdo nacional no debe ser insertado dentro de estructuras institucionales, o posiciones políticas contingentes, que no cuentan con la legitimidad que demanda un acuerdo de esta naturaleza.  Este acuerdo se transformaría en algo de real carácter “nacional” si no es liderado por el gobierno de turno o los partidos políticos existentes, sino por un “Ombuds-Person” (abogad@ del pueblo).  Esto es particularmente esencial porque estamos frente a una situación de múltiples crisis: económica, social, sanitaria, humana, espiritual…  Este es el único camino cuando la crisis realmente de fondo, para lograr este acuerdo nacional, es la falta de confianza y legitimidad.  La institucionalidad propuesta aquí nos llevará desde esta contingencia inmediata a un mediano plazo en forma armónica y equilibrada.

Cuarto, un acuerdo nacional no puede tener como motivación matriz usar el proceso como una forma de transferir responsabilidades a la ciudadanía de una mala y deficiente gestión en materia social o en la forma que se ha abordado una pandemia.  No se puede pretender que debemos construir acuerdos para compartir los fracasos.  Ni tampoco se puede usar el mecanismo de los acuerdos como un pretexto para desacelerar otros procesos institucionales en curso, como es el caso de nuestro proceso constituyente.

Quinto, un acuerdo nacional no es una operación de salvataje político.  Lo que se debe salvar es a la ciudadanía que confronta una situación inédita.  La historia demuestra que no se debe tratar esta idea de un acuerdo para que un gobierno en particular, o un grupo político en específico, saque ventajas para fortalecerse cuando se encuentra dentro un rumbo político debilitado.  En la era del ciudadanismo, esto no mejorará la posición de ninguna agrupación política sino, por el contrario, la debilitará más.  Es por eso, que debemos evitar que un acuerdo de carácter nacional se utilice casi exclusivamente como un mecanismo que permita descolgar una nueva “táctica política”, y apoyarse en las emociones que surgen de delicadas circunstancias ciudadanas, y difundir ‘un nuevo relato’ representativo solamente de una agrupación política perdida.

Consideraciones Económicas Adicionales

Quisiera hacer algunos alcances en relación a la dimensión económica de este acuerdo nacional.  Para comenzar, reconocer la riqueza del debate que se ha articulado en torno a lo que debemos hacer con nuestros recursos públicos.  Un tema vasto y complejo, con connotaciones que van más allá de la economía y de los criterios meramente económicos.  Todos queremos una actitud responsable en relación al manejo de una eventual expansión de la deuda pública chilena. No voy a pronunciarme sobre cuál es el porcentaje más adecuado de deuda pública a alcanzar; dejo a los expertos que decidan en esta materia.  De lo que, si estoy convencido, es de que hay mucho espacio financiero aun, y así administrar el financiamiento de gastos sociales urgentes hoy, no mañana; gastos que son indispensables para evitar más sufrimiento humano, hambre, marginalización, desempleo y el desmembramiento social.

Sin embargo, lo que se ve en las propuestas existentes–muchas veces justificadas–son asignaciones a “transferencias directas” para financiar principalmente “consumo inmediato”.  No veo realmente una atención relevante, o un debate, a gastos en “inversión” de esos ingresos fiscales.   Nuevamente, quiero resaltar la importancia que tienen las transferencias directas a las personas.  Estas son indispensables.  Esto no nos limita a discutir que ese gasto en “consumo” directo tiende a desaparecer (no siempre) durante el “primer round” de la asignación fiscal. En algunos casos es posible que este tipo de gastos para financiar ‘consumo’ tengan un beneficio en el tiempo, naturalmente.  Este es el caso de compras de alimentos a negocios del barrio.  Claro está, que los gastos en alimentos a los que me refiero abren una caja de pandora en relación a temas de equidad y de acumulación de riqueza (ej., cuando se utiliza el poder del estado en compras a los grandes supermercados o grandes proveedores e alimentos, en vez de los pequeños).

Propongo que también se considere seriamente a las asignaciones presupuestarias fiscales a programas de ‘inversiones comunitarias’, tanto a nivel regional como local.  Necesitamos una nueva normalidad.  Esto requiere resolver la contingencia inmediata y al mismo tiempo crear las bases para empleos en el muy corto plazo, generando nuevas fuentes de ingresos para las personas más necesitadas, y por un largo periodo de tiempo.  Nuestra deuda publica también debe asignarse a lo que llamo “inversiones inteligentes”. Estas inversiones, fundamentales para abordar este momento histórico, deben ser definidas a través de criterios tales como (i) “intensivas en mano de obra”, (ii) sin necesidad de mucha preparación para ejecutarlas y expandir rápidamente los mercados laborales, (iii), de importante contribución directa para manejar y prevenir nuevas pandemias, (iv) que generan ingresos inmediatos a las familias más vulnerables, y (v) que mejoran la sustentabilidad de nuestro desarrollo como son las inversiones en nuestra ecología y medioambiente. 

‘Inversiones Inteligentes’ Con Alto Retorno Social

Aquí algunos ejemplos y criterios:

  1. Establecer un programa inmediato en relación a la sequía que está sufriendo el país, que hoy no solo afecta a la economía sino también nuestra salud y seguridad alimentaria.
  2. Creación de programas de Distanciamiento de Amortiguación Natural en todo el territorio nacional.
  3. Descontaminación de todas las aguas de chile,
  4. Limpieza de todo el borde costero y las playas del país,
  5. Manejo adecuado y conservación de todos nuestros bosques nativos,
  6. Implementación de un plan nacional de manejo de nuestras cuencas hidrográficas,
  7. Plantación de árboles nativos en ciudades, pueblos, barrios y caminos de Chile,
  8. Establecimiento de invernaderos para una autosuficiencia alimentaria incluyendo ciudades, escuelas, universidades…,
  9. Construcción de lagunas o tranques (todos los tamaños) para piscicultura a nivel local y de las familias,
  10. Reverdecimiento de todos las casas y edificios e infraestructuras urbanas y rurales,
  11. Establecimiento de hortalizas orgánicas en los hogares, escuelas e instituciones comunitarias,
  12. Creación de un sistema nacional de recolección de semillas nuestras para el uso familiar y comunitario,
  13. Establecimiento de un programa a nivel comunitario de yerbas medicinales chilenas,

No Jugar Con Capitales Políticos

Es clara la importancia de reactivación económica y propuestas sociales, pero es igualmente importante definir su naturaleza y alcance.  Así como se dijo que la explosión social desestabilizó a la economía, el COVID-19 ha desestabilizado toda la sociedad y ha destruido nuestro tejido humano social.  Lo estrictamente económico y político no son condiciones suficientes para restablecer nuestro tejido social.  Esto no debería ser el momento para jugar con los capitales políticos existentes.  Los juegos que se quieran jugar hoy nos podrán costar muchísimo en el futuro.  No podemos ser monotemáticos en abordar este acuerdo nacional.  No es un ejercicio académico.  Es la ciudadanía la que está siendo vulnerada con estas acciones político partidistas.  Nada se resuelve con recetas baratas y esloganisticas.

Liderazgo, Responsabilidad Institucional y de Contenido

Lo que estamos por hacer a través de este acuerdo nacional, no es materia solamente de un ministerio de hacienda o del interior.  Yo diría que es vitalmente de los municipios en conjunto con el ministerio de medioambiente, obras públicas, salud, y desarrollo social.  Este es un tema que puede ser sujeto a críticas.  Pero no es competencia ni del ministerio de hacienda ni del ministerio del interior identificar, diseñar, desarrollar o implementar las prioridades sociales de nuestro país.  El contenido del acuerdo nacional debe ser calibrado por hacienda en términos de gasto fiscal; de esto no tengo dudas.  Pero no es hacienda quien deba definir este acuerdo.

El desafío más grande que tenemos hoy es como nos vamos a reagrupar en tanto sociedad, una vez pasada esta pandemia.  No es un juego de palabras, sino que es la esencia del liderazgo que necesitamos.  Si el acuerdo nacional será el “balazo” que dará la partida a una nueva carrera histórica, creo que se debería pensar muy bien en lo que se está haciendo. Es vital que el acuerdo contribuya a la construcción de una sociedad donde no dé lugar al gran desempleo, al hambre y el desamparo.

La experiencia que hemos vivido demuestra que en lo institucional no tenemos la capacidad de lo que la crisis social y la pandemia requerían.  Hemos sido testigos de la fundamental importancia que tienen los municipios, de la necesidad de una descentralización, de lo indispensable que el desarrollo de las economías locales, y de lo vital que es el criterio de construcción de comunidades en relación a los criterios economicistas que nos dominan hoy.

En Chile no existe un sistema de seguridad social.  Un nuevo sistema de seguridad social no puede estar construido en un andamio de un sin fin de bonos, en su mayor parte dispersos y efímeros en el tiempo. EL COVID-19 ha demostrado que somos una vitrina infinita de desigualdad, marginalización, desnudez, injusticia, inequidad, falta de solidaridad, falta de red social…

El acuerdo nacional es nuestro último cartucho.

 

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